Y, entonces, sucedió

Y, entonces, sucedió. Entonces, cuando sólo quedaba la última carta para completar mi castillo de naipes, cuando por fin culminaba el esfuerzo constante de tres años a la deriva, cuando me creía capaz de vivir la vida bailando a mi propio ritmo, entonces se abrió el cofre prohibido.

Sonó de repente un cañonazo, y, mientras se hacía pedazos mi reino de hielo, empezó a llenar el viento aquella música funesta. Me acordé entonces de esa maldita orquesta, de todos los instrumentos a los que juré prender fuego y que parecen volver de entre los muertos, dispuestos a remover cada grano de arena del desierto, y hasta a parar el tiempo, con tal de encontrarme. Me hechizó de nuevo su concierto macabro, ese que viste los llantos con clave de sol y armonías embotelladas, que droga las venas con cuentos de hadas, y que emborracha con su calor artificial robado al mañana.

Ya sé que juré que no me embaucarían de nuevo las flautas de Hamelín, esas que quise decir que eran Made in China y que ahora me tienen a mí atrapado entre sus sonidos. Ya sé que quemé el violín, y que de un hachazo vil perforé a los tambores: pero, ahora que han vuelto por mí, ahora no habrá forma de que no me enamore.

El texto es: CC-By-Sa 4.0 Pablo Marcos

Fuente: Photo by Angelina Yan on Unsplash

Licencia: Unsplash License

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